Irán y la Infancia Atrapada en un Conflicto que no Eligió

March 5, 2026
Columna
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Los conflictos se deciden en mesas políticas y estrategias militares. Pero quienes más pierden suelen ser quienes nunca estuvieron en esa mesa: los niños.

La violencia alcanza incluso los lugares que deberían ser los más seguros.

En la ciudad de Minab, al sur de Irán, una escuela primaria de niñas funcionaba con normalidad durante la jornada escolar. Las aulas estaban llenas, los cuadernos abiertos sobre los pupitres y las conversaciones infantiles marcaban el ritmo de la mañana, como en cualquier otro día de clases.

Ese día terminó de forma abrupta. Un ataque impactó el edificio mientras las estudiantes se encontraban dentro. En pocos minutos, lo que había sido un espacio de aprendizaje quedó reducido a escombros.

165 niñas murieron.

Tenían entre siete y doce años. Habían salido de casa esa mañana con la rutina sencilla que comparten millones de niños en todo el mundo: ir a la escuela, encontrarse con sus amigas, avanzar en sus lecciones. Ninguna de ellas tenía relación con decisiones militares ni con disputas políticas. Su única intención era aprender.

El episodio vuelve a poner en el centro una preocupación que organismos internacionales han reiterado durante años: cuando los conflictos armados se intensifican, la población civil, y especialmente los niños, se vuelve cada vez más vulnerable. Esta semana, las representantes especiales del Secretario General de Naciones Unidas para Niños y Conflictos Armados, Vanessa Frazier, y para la Violencia contra los Niños, Najat Maalla M’jid, insistieron en que las escuelas, los hospitales y los espacios civiles deben permanecer fuera de cualquier operación militar.

No se trata únicamente de una declaración simbólica. Es un principio establecido en el derecho internacional humanitario, precisamente para preservar los espacios donde la vida cotidiana, y el desarrollo de la infancia, debería mantenerse a salvo incluso en contextos de conflicto. Sin embargo, cuando la violencia escala, esa protección se vuelve cada vez más frágil. Y las consecuencias no se limitan al momento del ataque.

Los niños que crecen en contextos de guerra suelen enfrentar interrupciones prolongadas en su educación, desplazamientos forzados y profundas secuelas emocionales. Con el tiempo, esas experiencias terminan moldeando su acceso a oportunidades, su estabilidad económica y su bienestar psicológico. Por eso, cuando una escuela desaparece en medio de un conflicto, lo que se pierde va mucho más allá de un edificio. También se pierde un espacio donde los niños aprenden a leer, a pensar, a imaginar quién quieren ser. Y con cada una de esas pérdidas, el futuro se vuelve un poco más incierto.

Hay una verdad incómoda que se repite en cada guerra: los niños nunca eligen el conflicto, pero siempre viven sus consecuencias.

Mientras el mundo observa con preocupación la escalada de tensiones y operaciones militares en Irán y en la región, Naciones Unidas lanzó una advertencia clara. La situación representa una amenaza directa para la infancia.

No es solo una cuestión geopolítica. Es una cuestión profundamente humana.

Porque cuando aumenta la violencia, los lugares que deberían ser más seguros, las escuelas, los hospitales, los hogares, se vuelven frágiles.

Las guerras suelen narrarse con mapas, cifras y estrategias. Sin embargo, hay otra historia que casi siempre queda en segundo plano.

Es la historia de los niños.

Niños que dejan de ir a la escuela de un día para otro.
Niñas que pierden acceso a atención médica básica.
Familias que deben abandonar su casa sin saber cuándo podrán regresar.

En medio de la escalada de tensión en Irán, representantes de Naciones Unidas recordaron algo que debería ser un principio incuestionable: la población civil nunca debe ser un objetivo.

Escuelas y hospitales deberían ser espacios protegidos en cualquier circunstancia. Y, sin embargo, cuando los conflictos se intensifican, son justamente esos espacios los que terminan más expuestos. Pero el impacto no termina cuando cesan los combates.

Los niños que crecen en contextos de guerra suelen cargar con consecuencias que duran años: trauma psicológico, interrupción de su educación y mayores dificultades económicas en el futuro.

En otras palabras, la guerra no solo daña el presente de los niños. También condiciona su futuro. Una escuela cerrada significa mucho más que un edificio vacío. Significa la pérdida de un espacio donde un niño aprende, imagina y descubre quién quiere ser. Un hospital inaccesible significa que enfermedades tratables se vuelven riesgos mayores. Y un hogar perdido significa perder el lugar donde comienza el sentido de seguridad. Por eso organismos internacionales insisten en algo simple pero fundamental: proteger a los niños no es solo una obligación moral. Es una responsabilidad global.

Los adultos discuten fronteras, poder y estrategias. Pero la infancia solo necesita algo mucho más sencillo:

Seguridad para aprender.
Libertad para jugar.
Y un futuro que no esté marcado por el miedo.

Porque al final, cuando un niño pierde su infancia en una guerra, el mundo entero pierde una parte de su futuro.

Irán y la Infancia Atrapada en un Conflicto que no Eligió

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March 4, 2026

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Los conflictos se deciden en mesas políticas y estrategias militares. Pero quienes más pierden suelen ser quienes nunca estuvieron en esa mesa: los niños.

La violencia alcanza incluso los lugares que deberían ser los más seguros.

En la ciudad de Minab, al sur de Irán, una escuela primaria de niñas funcionaba con normalidad durante la jornada escolar. Las aulas estaban llenas, los cuadernos abiertos sobre los pupitres y las conversaciones infantiles marcaban el ritmo de la mañana, como en cualquier otro día de clases.

Ese día terminó de forma abrupta. Un ataque impactó el edificio mientras las estudiantes se encontraban dentro. En pocos minutos, lo que había sido un espacio de aprendizaje quedó reducido a escombros.

165 niñas murieron.

Tenían entre siete y doce años. Habían salido de casa esa mañana con la rutina sencilla que comparten millones de niños en todo el mundo: ir a la escuela, encontrarse con sus amigas, avanzar en sus lecciones. Ninguna de ellas tenía relación con decisiones militares ni con disputas políticas. Su única intención era aprender.

El episodio vuelve a poner en el centro una preocupación que organismos internacionales han reiterado durante años: cuando los conflictos armados se intensifican, la población civil, y especialmente los niños, se vuelve cada vez más vulnerable. Esta semana, las representantes especiales del Secretario General de Naciones Unidas para Niños y Conflictos Armados, Vanessa Frazier, y para la Violencia contra los Niños, Najat Maalla M’jid, insistieron en que las escuelas, los hospitales y los espacios civiles deben permanecer fuera de cualquier operación militar.

No se trata únicamente de una declaración simbólica. Es un principio establecido en el derecho internacional humanitario, precisamente para preservar los espacios donde la vida cotidiana, y el desarrollo de la infancia, debería mantenerse a salvo incluso en contextos de conflicto. Sin embargo, cuando la violencia escala, esa protección se vuelve cada vez más frágil. Y las consecuencias no se limitan al momento del ataque.

Los niños que crecen en contextos de guerra suelen enfrentar interrupciones prolongadas en su educación, desplazamientos forzados y profundas secuelas emocionales. Con el tiempo, esas experiencias terminan moldeando su acceso a oportunidades, su estabilidad económica y su bienestar psicológico. Por eso, cuando una escuela desaparece en medio de un conflicto, lo que se pierde va mucho más allá de un edificio. También se pierde un espacio donde los niños aprenden a leer, a pensar, a imaginar quién quieren ser. Y con cada una de esas pérdidas, el futuro se vuelve un poco más incierto.

Hay una verdad incómoda que se repite en cada guerra: los niños nunca eligen el conflicto, pero siempre viven sus consecuencias.

Mientras el mundo observa con preocupación la escalada de tensiones y operaciones militares en Irán y en la región, Naciones Unidas lanzó una advertencia clara. La situación representa una amenaza directa para la infancia.

No es solo una cuestión geopolítica. Es una cuestión profundamente humana.

Porque cuando aumenta la violencia, los lugares que deberían ser más seguros, las escuelas, los hospitales, los hogares, se vuelven frágiles.

Las guerras suelen narrarse con mapas, cifras y estrategias. Sin embargo, hay otra historia que casi siempre queda en segundo plano.

Es la historia de los niños.

Niños que dejan de ir a la escuela de un día para otro.
Niñas que pierden acceso a atención médica básica.
Familias que deben abandonar su casa sin saber cuándo podrán regresar.

En medio de la escalada de tensión en Irán, representantes de Naciones Unidas recordaron algo que debería ser un principio incuestionable: la población civil nunca debe ser un objetivo.

Escuelas y hospitales deberían ser espacios protegidos en cualquier circunstancia. Y, sin embargo, cuando los conflictos se intensifican, son justamente esos espacios los que terminan más expuestos. Pero el impacto no termina cuando cesan los combates.

Los niños que crecen en contextos de guerra suelen cargar con consecuencias que duran años: trauma psicológico, interrupción de su educación y mayores dificultades económicas en el futuro.

En otras palabras, la guerra no solo daña el presente de los niños. También condiciona su futuro. Una escuela cerrada significa mucho más que un edificio vacío. Significa la pérdida de un espacio donde un niño aprende, imagina y descubre quién quiere ser. Un hospital inaccesible significa que enfermedades tratables se vuelven riesgos mayores. Y un hogar perdido significa perder el lugar donde comienza el sentido de seguridad. Por eso organismos internacionales insisten en algo simple pero fundamental: proteger a los niños no es solo una obligación moral. Es una responsabilidad global.

Los adultos discuten fronteras, poder y estrategias. Pero la infancia solo necesita algo mucho más sencillo:

Seguridad para aprender.
Libertad para jugar.
Y un futuro que no esté marcado por el miedo.

Porque al final, cuando un niño pierde su infancia en una guerra, el mundo entero pierde una parte de su futuro.

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