
I. Qué es mankeeping (y qué no)
Mankeeping es un término feminista relativamente reciente que pone nombre a algo que muchísimas mujeres conocen de memoria, aunque nunca lo hayan llamado así: ese trabajo emocional constante de sostener a los hombres que tenemos cerca, sobre todo cuando ellos no tienen —o no usan— otras redes para apoyarse.
No habla de:
- un gesto aislado de cuidado,
- una relación puntual que salió mal,
- ni de “hombres malos” o casos excepcionales.
Habla de algo más grande y más incómodo: una dinámica que se aprende, se normaliza, se hereda… y se repite casi sin darnos cuenta.
Definición operativa
Hay mankeeping cuando:
- una mujer termina siendo la administradora emocional de uno o varios hombres,
- ese trabajo es permanente, desgastante y casi nunca devuelto en la misma medida,
- y la relación solo se sostiene porque ella aguanta, escucha, ordena, traduce emociones, calma crisis y pone el cuerpo.
No es amor.
No es entrega libre.
Es mantenimiento emocional. Como si la relación fuera una casa vieja que solo sigue en pie porque alguien se levanta todos los días a apuntalar las paredes.
II. Cuándo y dónde aparece el fenómeno
No es nuevo. Lo nuevo es que ahora tiene nombre.
La verdad es que esto viene pasando desde hace décadas, incluso siglos. Madres que cargan con silencios ajenos, esposas que hacen de terapeuta, hijas que aprenden a ser fuertes demasiado pronto. Pero recién en los últimos años empezamos a hablarlo con palabras más claras, sobre todo gracias a:
- los debates feministas en Estados Unidos y Reino Unido,
- los análisis que se volvieron virales en redes sociales,
- y los cruces entre psicología, sociología del género y cultura digital.
Contextos donde se manifiesta con más fuerza
Y no, no ocurre solo en la pareja.
El mankeeping aparece en muchos espacios cotidianos:
- en relaciones románticas heterosexuales,
- en familias (con madres, hijas, hermanas que hacen de sostén emocional silencioso),
- en amistades donde una siempre escucha y casi nunca es escuchada,
- en trabajos, sobre todo en equipos mixtos donde las mujeres terminan regulando tensiones ajenas,
- y en comunidades migrantes, donde además de todo lo anterior, muchas mujeres cargan con la tarea de ser puente cultural, emocional y práctico al mismo tiempo.
En lugares como California, tan asociados al progreso, la innovación y los discursos de igualdad, el concepto se volvió especialmente visible. Y es que ahí conviven dos realidades: por un lado, startups, tecnología y palabras bonitas sobre el futuro; por otro, relaciones que siguen funcionando con reglas emocionales muy viejas.
Nombrarlo no lo resuelve todo.
Pero al menos deja de ser invisible.
III. El marco teórico: por qué las mujeres sostienen
El mankeeping no aparece de la nada. No es una manía individual ni un rasgo de personalidad. Se sostiene —y se repite— porque descansa sobre tres pilares bastante sólidos, aunque casi nunca visibles.
1. Trabajo emocional
(Arlie Hochschild)
Arlie Hochschild llamó trabajo emocional al esfuerzo de manejar las propias emociones y las de otros para que las relaciones, los espacios y hasta las instituciones sigan funcionando sin explotar.
En otras palabras: escuchar cuando no tienes energía, calmar cuando estás agotada, sonreír cuando por dentro estás en blanco.
Lo delicado es esto:
cuando ese trabajo se convierte en una expectativa ligada al género, deja de ser invisible por descuido… y pasa a ser invisible por diseño.
Nadie lo anota en una lista de tareas.
Nadie lo paga.
Casi nadie lo agradece.
Pero si un día falta, todo se desajusta.
2. Socialización de género
(Marcela Lagarde)
En Los cautiverios de las mujeres, Marcela Lagarde explica algo incómodo pero muy reconocible: a muchas mujeres se nos educa para
- cuidar,
- postergarnos,
- y sostener vínculos incluso cuando duelen.
No como una elección libre, sino como una especie de contrato silencioso con el mundo.
No es vocación.
Es mandato cultural.
El mankeeping es una versión actual de ese cautiverio:
menos ligado a la cocina o al hogar,
más metido en la cabeza, en el pecho, en la gestión constante de emociones ajenas.
Cambió el escenario, pero no la lógica.
3. Analfabetismo emocional masculino
(bell hooks)
bell hooks lo dice sin rodeos: muchos hombres no fueron educados para
- ponerle nombre a lo que sienten,
- atravesar emociones difíciles,
- ni compartir vulnerabilidad con otros hombres.
¿El resultado?
No es neutro ni inocente.
Terminan:
- delegando ese trabajo emocional en mujeres cercanas,
- confundiendo cuidado con amor,
- y dependencia con intimidad.
No porque quieran dañar, muchas veces, sino porque no aprendieron otra forma de estar en el mundo emocional.
IV. Por qué se volvió viral ahora
La viralidad no crea el problema.
Lo que hace es prender la luz.
El término mankeeping se vuelve viral cuando miles de mujeres leen una definición… y sienten algo parecido a un golpe suave en el estómago: “esto me pasa a mí”.
No es casual que ocurra en redes sociales. Ahí la viralidad funciona como:
- un archivo colectivo de experiencias,
- una forma de validación emocional,
- y un puente entre lo que cada una vive en silencio y lo que es, en realidad, un patrón social.
Qué circula en redes (y por qué conecta)
Lo que se comparte no son teorías abstractas. Son escenas mínimas, cotidianas, casi domésticas:
- recordar citas médicas que no son propias,
- traducir silencios largos o estallidos que nadie más sabe leer,
- anticipar conflictos para que otros no se incomoden,
- explicar por décima vez lo que “debería ser obvio”,
- sostener la autoestima de alguien mientras la propia se queda en pausa,
- ser, en la práctica, la única red emocional disponible.
No hay metáforas.
Hay cansancio real.
La pregunta que dispara todo
No es: “esto es injusto”.
Es algo mucho más simple y más potente:
“¿A alguien más le pasa?”
Y cuando la respuesta llega en miles de voces, el malestar deja de sentirse como un problema personal… y empieza a verse como lo que es: una experiencia compartida, estructural, aprendida.
Y eso, aunque incomode, cambia las reglas del juego.
V. La desigualdad afectiva: datos y patrones
Aunque mankeeping sea una palabra nueva, lo que describe no lo es en absoluto. La verdad es que los datos vienen diciendo lo mismo desde hace tiempo, solo que con otro lenguaje.
Estudios en sociología y psicología muestran, una y otra vez, que:
- muchos hombres tienen redes emocionales mucho más pequeñas, a veces reducidas a una sola persona,
- dependen en gran medida de su pareja para procesar lo que sienten,
- después de una ruptura suelen experimentar un deterioro emocional más fuerte y más desorganizado,
- y las mujeres, del otro lado, reportan niveles más altos de cansancio emocional crónico.
No es solo estar cansada.
Es estar drenada.
Todo esto apunta a algo incómodo pero difícil de ignorar:
la desigualdad no vive únicamente en el salario, en los ascensos o en las estadísticas laborales.
También se cuela en el cuerpo, en la cabeza y en el ánimo.
Es afectiva.
Es energética.
Es psicológica.
Y pesa, incluso cuando nadie la nombra.
VI. Qué NO es mankeeping (para no vaciar el concepto)
Para que este término sirva de verdad —y no se convierta en una etiqueta para todo—, necesita fronteras claras.
Mankeeping no es:
- cuidarse mutuamente,
- acompañarse en una crisis puntual,
- una relación donde el apoyo va y viene según el momento,
- empatía compartida, de esa que no deja a nadie solo del otro lado.
El problema no es cuidar.
La verdad es que cuidar es humano, necesario, incluso hermoso a veces.
El problema es ser siempre la que cuida.
La que recuerda.
La que sostiene.
La que repara.
Sin turnos.
Sin descanso.
VII. Consecuencias a largo plazo
Cuando esta dinámica se estira en el tiempo, no pasa gratis. Cobra factura, aunque sea en cuotas pequeñas.
En las mujeres
Suele aparecer:
- un agotamiento que no se quita durmiendo,
- la pérdida lenta del deseo, no solo sexual, también vital,
- un resentimiento que casi nunca se dice en voz alta,
- dificultad para poner límites sin sentirse “egoísta”,
- y esa sensación rara de estar siempre… pero no del todo vistas.
Como si una parte de una misma se fuera apagando para que el vínculo siga encendido.
En los hombres
También hay consecuencias:
- mayor dependencia emocional,
- una especie de adolescencia afectiva prolongada,
- dificultad para construir redes propias que no pasen por una mujer,
- y una fragilidad fuerte cuando llega una crisis real.
El vínculo, así, no se vuelve más íntimo.
Se vuelve más desigual.
No se fortalece.
Se inclina.
Y tarde o temprano, algo termina doliendo.
VIII. Qué se puede hacer: del diagnóstico a la acción
Ponerle nombre al problema no lo arregla por arte de magia.
Ojalá fuera así de simple.
Pero sí hace algo importante: abre los ojos. Y, con eso, abre un camino.
A nivel individual
Empieza por lo más cercano, que casi siempre es lo más difícil:
- revisar qué vínculos te piden estar siempre fuerte, siempre disponible, siempre sosteniendo,
- aprender a poner límites sin pedir perdón por existir,
- y, además, separar dos cosas que solemos mezclar: amar a alguien y hacernos cargo de su mundo emocional.
No es lo mismo acompañar que cargar.
A nivel relacional
En pareja, en familia, en amistades, toca hablar de lo incómodo:
- decir en voz alta qué esperamos emocionalmente, aunque dé vergüenza o miedo sonar “exigentes”,
- repartir el trabajo afectivo, así como se reparten las cuentas o las tareas de la casa,
- y fomentar que cada quien tenga más de un lugar donde caer cuando algo duele.
Porque ninguna persona debería ser el único salvavidas emocional de otra.
A nivel social
Aquí el cambio es más lento, pero igual de necesario:
- educación emocional desde la infancia, para niños y niñas,
- romper con la idea vieja —y muy conveniente para algunos— de que las mujeres “naturalmente” saben cuidar mejor,
- y legitimar la vulnerabilidad masculina, sí, pero sin convertirla en una carga que alguien más tenga que administrar.
Que los hombres puedan sentir… sin que eso implique que una mujer tenga que traducirles la vida.
IX. La pregunta final
No es si queremos amar.
Claro que sí.
La pregunta real es otra:
¿qué tipo de vínculos estamos dispuestos a construir?
Porque cuando el amor se vuelve una especie de infraestructura invisible —como el cableado dentro de una casa que nadie ve pero alguien mantiene—, deja de ser un encuentro entre dos personas.
Y se convierte en un peso.
Nombrar el mankeeping es apenas el primer paso.
Repartir la responsabilidad afectiva… eso sí que es el verdadero desafío.


